Nuestra historia
Todo empezó con un beagle, una puerta abierta y cuarenta minutos de miedo.
Una tarde de verano, un miembro de nuestro equipo vio cómo un beagle rescatado —un perro con un auténtico talento para fugarse— se colaba por una puerta abierta apenas diez segundos. Lo que siguió fueron cuarenta minutos que se sintieron como cuarenta horas: linternas, vecinos, bolsas de premios agitadas y ese vacío en el estómago que todo dueño de mascota conoce de memoria.
El beagle volvió a casa por su cuenta, con la cola en alto, ajeno por completo al pánico que había provocado. Pero nunca nos sacudimos la pregunta que aquella noche nos dejó:
La respuesta nos frustró.
Miramos a nuestro alrededor. Los rastreadores para mascotas serios venían con hardware serio —y suscripciones mensuales que convertían la tranquilidad en una factura recurrente. Los localizadores baratos parecían juguetes de fiesta: voluminosos, feos y muertos para el segundo paseo al parque. Y casi todos ignoraban lo único que casi todo el mundo ya lleva encima: un teléfono conectado silenciosamente a la red Find My de Apple o Find Hub de Google, alimentada por cientos de millones de dispositivos en todo el mundo.
La tecnología para acabar con ese pánico de cuarenta minutos ya existía. Solo que aún nadie la había moldeado para la vida real.
Así que decidimos moldearla nosotros mismos.
Empezamos siendo pequeños. Nos mantuvimos tercos.
Joylink nació con un equipo pequeño, una pizarra llena de bocetos de collares y una regla nada glamourosa: la tranquilidad no debería llegar nunca con una factura mensual.
Esa regla lo moldeó todo. La Tracking Card, lo bastante delgada para vivir donde vive tu tarjeta bancaria. El Round Tracker, pensado para acompañar llaves, bolsos y equipaje. El Smart Pet Tracker, tan ligero para un gato como resistente para un beagle con problemas de límites. Baterías que se cambian o se recargan en lugar de un dispositivo que se tira. Un pitido lo bastante fuerte para oírse desde debajo del sofá, el asiento del coche o las hortensias del vecino. Y nunca —ni una sola vez, jamás— una cuota de suscripción.
Probamos los prototipos con los fugitivos más talentosos que pudimos encontrar. Leímos cada reseña, cada correo, cada foto de «¡¡lo encontramos!!». (Esas nunca cansan. Sigan enviándolas.)
Dónde estamos hoy
Miles de mascotas, carteras y llaveros por toda Europa y Norteamérica llevan hoy un Joylink —y nuestra parte favorita del trabajo siguen siendo las historias: el beagle encontrado a tres calles, la cartera que sonaba desde debajo del asiento del coche, la gata descubierta dormida en un cobertizo que al parecer había adoptado como segunda casa.
¿Por qué «Joylink»?
Porque un rastreador nunca fue realmente el rastreador. Se trata del vínculo entre tú y tu alegría: el perro que te recibe como si hubieras estado fuera años, la cartera que mantiene tu vida entera en orden, las llaves de todo eso.
Nuestro trabajo es mantener ese vínculo intacto —en silencio, con fiabilidad y sin facturas mensuales.
Lo que creemos
La tranquilidad no es una suscripción.
Un precio justo, una sola vez. Sin cuotas, sin niveles, sin letra pequeña.
La familia incluye a todos.
También a los miembros de cuatro patas que sueltan pelo en el sofá.
El buen diseño desaparece.
El mejor rastreador es el que olvidas que existe, hasta el momento en que lo necesitas.
La privacidad es la base.
Find My y Find Hub están cifrados y son anónimos por diseño. Los datos de tu ubicación nunca están en venta —ni siquiera llegan a nosotros.
El próximo capítulo
Solo estamos empezando: nuevas formas, nuevos colores, nuevas maneras de proteger el vínculo entre tú y lo que amas —todo construido sobre la misma regla terca con la que empezamos.
Pierde menos. Vive más. No es solo nuestro eslogan.
Es la razón por la que existimos.
— El equipo de Joylink
Joylink crea rastreadores delgados y sin suscripción, impulsados por las redes de búsqueda más grandes del mundo —para que lo que amas nunca se pierda de verdad.